Avellaneda se tiñó de rojo sangre. Violencia, horror y salvajismo.
(Foto: AFP) Un partido de futbol no puede terminar en violencia, horror y salvajismo.
Lo que debió ser solamente un partido de futbol, terminó en una noche de horror para muchos hinchas de la Universidad de Chile que fueron a ver a su equipo ante Independiente en Buenos Aires.
Por los octavos de final de la Copa Sudamericana, se jugaba el partido de revancha entre Independiente de Avellaneda y Universidad de Chile en el Estadio Libertadores de América – Ricardo Enrique Bichini, el marcador indicaba el empate en un gol, resultado que favorecía a los azules dado que en la ida venció por 1 a 0 en el Nacional; se jugaba el minuto dos del segundo tiempo cuando el árbitro uruguayo Gustavo Tejera decidió suspender el encuentro por los incidentes en la cabecera que se encontraban los hinchas de la U.
Desde la segunda bandeja, donde se encontraban los hinchas chilenos, comenzaron a caer objetos contundentes, palos, piedras, restos de sanitarios, fierros y diversos objetos utilizados como proyectil al sector local, ante la lluvia de proyectiles, varios simpatizantes rojos decidieron invadir el campo de juego para evitar ser alcanzados.
Las imágenes que circulan en redes sociales hablan por sí solas. Quién inició los incidentes resulta secundario; lo verdaderamente grave es la brutalidad humana que se desata solo por un color, por xenofobia, venganza o antiguas rencillas de la historia de nuestros países.
En Argentina, las barras bravas funcionan como verdaderas organizaciones que actúan de la mano de los clubes, dirigentes e incluso de la política, moviéndose con total impunidad en los estadios. Por lo mismo, no cabe duda de que la violencia ejercida contra los pocos hinchas chilenos que se resistieron a desalojar fue, en gran medida, facilitada por la propia institución local.
Lamentablemente, en Chile la violencia en los estadios sigue en aumento, normalizando cada vez más los actos vandálicos sin que existan sanciones ejemplificadoras. Por esta razón, cuando las barras chilenas viajan a otros países, intentan replicar las mismas conductas que acostumbran en el fútbol local, y quienes van a disfrutar del espectáculo terminan siendo rehenes de sus propias barras.
La ANFP se anota un capítulo más en esta historia. Cuando debe tomar decisiones firmes, lo hace sin titubear contra los clubes pequeños, pero frente a los grandes aplica sanciones irrisorias y hace la vista gorda. Sin duda, el fútbol ya no se juega únicamente dentro de un rectángulo de pasto y por los puntos; hoy también se disputa en otros escenarios, incluso poniendo en riesgo la vida.
